El Gran Casino de la Rabassada de Barcelona






La historia del Gran Casino de la Rabassada va inexorablemente unida al crecimiento económico y expansivo de Barcelona en la zona del Tibidabo a principios del siglo XX. El aumento de la ciudad en ese punto se había detenido por obligación ante la falda de la montaña y había que aprovechar todo ese bello paisaje natural de alguna manera encontrándose en la sierra de Collserola un terreno virgen donde instalar centros de esparcimiento y recreo, entre otros.

Se comienza a finales del siglo XIX, impulsado dicho crecimiento por el farmacéutico Salvador Andreu, que funda una sociedad con el nombre de Sociedad Anónima El Tibidabo. También se erige en la zona, por parte de los Salesianos, un templo dedicado al Sagrado Corazón de Jesús y en el año 1888 se construye, en un tiempo brevísimo, una carretera que permitiría a la Reina Regente María Cristina poder acceder a la cumbre para disfrutar del bello paisaje natural.

El 29 de octubre de 1901 se inaugura el ferrocarril funicular, diseño realizado por los ingenieros Lluís Muntadas y Marià Rubio, acudiendo al acto inaugural multitud de espectadores. Entre los festejos anunciados figuraba el disparo de un castillo de fuegos artificiales y la bendición de la ceremonia por parte del Cardenal Casañas. Sucesivamente se van construyendo e incorporándose al lugar numerosos e interesantes proyectos que en corto plazo se hacen realidad, como el Observatorio Fabra en 1901 o el Museo de Física de Ferràn Alsina en el año 1905. En vista del éxito obtenido, la Sociedad Anónima El Tibidabo acomete la construcción de una nueva línea de tranvías hasta la plaza de Verdaguer en Vallvidrera, con un recorrido final de cuatro kilómetros. El 28 de octubre de 1906 consuma su primer trayecto el funicular de Vallvidrera. Digno de mención es el pequeño ferrocarril eléctrico “Mina Groot”, realización de Carles G. Montañés en 1906.
  


El acceso de los barceloneses a Collserola, sino definitivamente resuelto, era ya una realidad. La cumbre del Tibidabo recibía cada vez más visitantes. Contaba, en estos inicios, con un pequeño número de atracciones, entre las que cabe citar: una sala de tiro, exposición de antigüedades y fotografías, estación de palomas mensajeras, gran proyector eléctrico, un enorme  telescopio y un salón de fiestas. Este hecho, unido al marco de auténtica majestuosidad que ofrecía el lugar hizo que una poderosa empresa se interesara en un nuevo y ambicioso proyecto.
  


El entusiasmo que vivía Barcelona a principios del siglo XX y la circunstancia de que el juego estuviese perfectamente tolerado, intervienen para tomar la decisión de crear el prototipo de un magnifico palacio de fiestas. La Sociedad Anónima La Rabassada, con capital mayoritariamente francés, no escatimó esfuerzo en dicho proyecto instalando un gran complejo lúdico capaz de igualar y superar en comodidades, alicientes y lujo a los mejores centros turísticos del mundo eligiendo para ello el marco de auténtica majestuosidad que ofrecía el punto conocido como La Rabassada.


 El Hotel





En 1899, y como parte de este proceso de la progresiva urbanización de la montaña, se inaugura el Gran Hotel-Restaurante de la Rabassada, obra del arquitecto parisino M. Lechavallier Chevignard, edificado en la carretera de San Cugat del Vallés y dentro del término municipal de esta población. El hotel, al que había que llamar al teléfono 6204 para reservar y que mezclaba con más osadía que gracia diversos estilos habituales de la época. (modernista, neomozárabe….), se convierte en uno de los centros de la Barcelona más glamurosa.

Disponía de oratorio público (lo que hoy sería sala de actos), restaurante a la carta y cubiertos desde 5 pesetas. El hospedaje tenía un precio mínimo de 9 pesetas sin desayuno. Tenía un gran comedor de 25x12 metros capaz de albergar 800 comensales y un belvedere o terraza-mirador de 4x10 m. situado a unos trescientos metros sobre el nivel del mar, desde donde se podía contemplar el lugar donde estaban situadas las atracciones y observar el magnífico panorama de las montañas más cercanas, de lo cual se presumía en los folletos de la época que decían: “... La situación topográfica, desde el punto de vista pintoresco y sano, no tiene rival en Europa…”.



También disponía de seis gabinetes y de catorce habitaciones que estaban ubicadas en los pisos primero y principal.

La situación privilegiada del lugar y la prosperidad de las instalaciones llamaron la atención de los capitalistas franceses en 1908 que vieron la posibilidad de transformar el complejo existente por uno mucho mayor, el centro del cual fuese un casino.

Con este objetivo se creó la empresa La Rabassada Sociedad Anónima que en 1909 compró el hotel-restaurante y grandes cantidades de terreno boscoso para construir jardines y dar cabida a las futuras atracciones. Esta empresa se inscribió en el Registro Mercantil de Barcelona el 14 de enero de 1910 con el nombre oficial de La Rabassada Sociedad Anónima Inmobiliaria de Sports y Atracciones con un capital social inicial de 1,5 millones de pesetas.

Como garantía se constituyó una hipoteca sobre los inmuebles de las instalaciones.

El 4 de septiembre de 1910, ante la expectación inusitada que producían las obras de transformación, se abría temporalmente el espléndido restaurante bajo la batuta de un chef expresamente traído desde París. La Orquesta Tziganes, dirigida por el maestro Frank Bertrand, amenizaba las horas de las comidas. En los cuidados jardines convivían plantas de diversas partes del mundo.



El Casino


En 1911, el complejo se amplía con una obra de gran lujo y dimensiones. Es un ambicioso proyecto llevado de la mano del arquitecto Andreu Audet i Puig con un presupuesto insólito para la época: 2,5 millones de pesetas que nunca fue recuperado por la sociedad gestora. De hecho, ridiculizó mucho el coste de monumentos coetáneos tan destacados como el Arco de Triunfo y al actual Museo de Ciencias Naturales creados ambos para la Exposición Universal de 1888. Los diarios del momento anuncian a bombo y platillo la apertura del casino para el día 15 de julio de 1911 proclamando:
“… Casino particular. Juegos varios. Restaurante de lujo. Atracciones americanas. Scenic Railway, Cake Walk, Rowling Halleys. Entrada 0,50 pesetas…”. El día de la inauguración se sirvió un gran banquete para 300 invitados. El lujo del complejo era impresionante.

Los edificios del casino estaban distribuidos a lo largo de la carretera.

La entrada principal estaba flanqueada por una gran reja con dos taquillas a los lados. A la derecha y por una galería se llegaba al Salón-Concierto y al Restaurante. Del Salón-Concierto salía una terraza y una galería que daba al belvedere o mirador. Por la otra parte, hacia la izquierda de la entrada principal, estaba el casino propiamente dicho, con un vestíbulo, guardarropía, servicios y dos salas de juego.

En el primer piso disponía de un agradable comedor con una elegante rotonda e incluso se constituyó un Círculo de Extranjeros con el fin de proporcionar a éstos una estancia agradable y facilitarles una forma de relación tal y como se había constituido en otros puntos del país, como en San Sebastián. Existía también un bar y un restaurante para uso exclusivo de los socios extranjeros. Se completaba con un elegante music-hall y un teatro con capacidad para 200 personas.

En el sótano se encontraba la bodega y una sala de billar.


Dos amplias escalinatas que arrancaban de la fachada posterior del edificio conducían a las atracciones al aire libre.




Lo primero que destacaba era la enorme montaña rusa, Scenic Railway, con más de dos kilómetros de recorrido y desniveles de más de 25 metros de altura. Gran parte del trayecto discurría por túneles soterrados, algunos de los cuales todavía se conservan bastante bien, concretamente tres de ellos que aún existen. Dos tienen cuatro metros de ancho por cinco de alto y conservan la salida. El tercero, en cambio, fue tapiado y no tiene salida posible. A lo largo del tiempo se utilizaron para hacer pasar las vagonetas y guardarlas y más tarde como bodegas y almacenes.

El parque de atracciones estaba inspirado en otros parques como el de Londres, Nueva York, París o Berlín tal y como lo demuestran muchos de los nombres de las atracciones que había: Cake Walk Building, Palais du Rire (palacio de la risa que disponía de multitud de espejos cóncavos y convexos), Féu de Boules (juego de bolos), Scenic Railway, Lawn Tennis, Croquet, Maison Hantée (Casa encantada), Carroussels, tiro de flecha y de fusil.


Las atracciones preferidas por los visitantes eran el Scenic Railway y el Water-Chute, cuyas barcas atravesaban 65 metros de pendiente del 20% para lanzarse a un lago de 77x20 metros.
  
La entrada costaba 0,50 pesetas y daba derecho a elegir una atracción. También se podía comer a partir de cinco pesetas.

Se ponían incluso a disposición de los clientes imponentes automóviles que salían del centro de la ciudad, desde el número 1 de la Puerta del Ángel con destino al Casino, haciéndolo cada hora desde las 9,30 hasta las 22,00 de la noche ininterrumpidamente.

El Casino alcanzó un renombre extraordinario.

Se convirtió en un edificio emblemático de la Barcelona de principios del siglo XX. Era el símbolo del lujo de una ciudad en plena expansión económica. Acudía la gente adinerada y se ganaron y perdieron grandes fortunas. Cuenta la leyenda que existía a disposición de los clientes que lo desearan, una pequeña estancia para suicidarse discretamente si la suerte no les había sonreído, acabando así dignamente para no tener que soportar la vergüenza de haber hundido a sus familias en la miseria.



El Transporte

La línea del tranvía de la Rabassada, en la parte alta de la ciudad, fue la última en inaugurarse, en el año 1911. Sus promotores eran los mismos que un año antes habían acometido la construcción de un hotel, un casino y parque de atracciones en la carretera de la Rabassada. Hasta ese momento la única forma que había de llegar al complejo lúdico era por medio de tartanas y ómnibus que, por 50 céntimos, lo unían con la estación superior del funicular del Tibidabo. En un principio se utilizaron cuatro tranvías procedentes de Marsella de segunda mano pero la dureza y la pendiente de los 7 kilómetros del sinuoso trayecto hicieron que durasen poco tiempo quedando enseguida fuera de servicio. Después se sustituyeron por coches de alquiler pero el resultado tampoco fue el deseado hasta que, en 1924, se construyeron cuatro coches siguiendo un prototipo de tranvía de origen francés que supliría los coches de alquiler. La energía la suministraba una central transformadora que se construyó aproximadamente en la mitad del recorrido en un lugar conocido como La Font Tenebrosa.


Para llegar hasta el centro de ocio, había que tomar la línea que tenía su salida en la esquina de la Avda. de la República Argentina con la calle Craywinckel, edificándose en el número 239 de esta avenida el Salón Craywinckel, una sala dotada de elementos que hacían esa espera más entretenida y llevadera, como juegos de ajedrez, teléfono, quiosco, estanco, música, anuncios, etc. aprovechando a su vez que por delante pasaban otras líneas que llegaban de la Pl. Cataluña y las Atarazanas por un lado y las del Tibidabo y la Bonanova por otro. Más tarde, la empresa alargaría dicha línea hasta la misma Pl. Cataluña.

La importancia del Salón Craywinckel, que cerró en 1913, se basa en el hecho de que, cuando se abrió, los tranvías aún no tenían paradas fijas, esto es, que se paraban siempre que algún pasajero pedía bajarse o un peatón hacía señal para subirse.

Con la prohibición del juego durante el mandato de Primo de Rivera, el Casino dejó de funcionar y la línea pasó a tener casi actividad, siendo utilizada casi mayoritariamente por excursionistas de fin de semana. Durante la Guerra Civil, la empresa fue incautada por Tranvías de Barcelona Colectivizados que la convirtió en la línea 28, Pl Catalunya – Rabassada. Fue utilizada por los barceloneses que huían de los bombardeos y por el personal del cuartel de carabineros en el que se había convertido el Casino, hasta que en 1938 la línea dejó de funcionar.
  
Fuente:
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